Muziiqiita♪♫

lunes, 9 de marzo de 2015

I'm back Princess

Me gustaría ser una más, una más de las chicas que pueden salir de esto, que aprenden a quererse y a valorar su cuerpo, que consiguen gustarse a ellas mismas, de esas que no necesitan pesarse a diario o escuchar un cumplido de algún tercero para no sentirse tan mal con ellas. Quisiera ser de esas que aprender a amarse a sí mismas.
Y aunque ya no soy la misma de antes, esa niña gorda de 12 años que comenzó haciendo ejercicio para no verse tan gorda en el viaje de graduación, ni la niña ingenua de trece que, sin saber en que se estaba metiendo, decidió que simplemente el ejercicio no bastaba y empezó a dejar de comer, me alegro de ya no tener catorce porque a esa edad estaba asustada, me temía a mí misma, sabía lo que era capaz de hacer para conseguir lo que me proponía, no me importaba dañar a nadie, mucho menos dañarme a mí para  poder lograr ser un esqueleto andante. Ya pasé mis 15, etapa en la que creí que había encontrado al amor de mi vida y que gracias a él por fin había logrado vencer la anorexia, qué tonta fui. Puedo pensar que me parezco a mi yo de dieciséis años, esa que comenzó a dudar de que en verdad se hubiese curado, que se preguntaba constantemente si en verdad era posible salir de esto una vez dentro y cada día iba perdiendo el poco optimismo que me quedaba. Un día de mayo bastó para verse en una fotografía que una amiga compartió en Facebook de la última salida en grupo, estaba echa un cerdo. Me odié, juré jamás volver a descuidarme tanto, lloré hasta que ya no tenía más lágrimas dentro, sólo rabia y un sentimiento de culpa insoportable. Al día siguiente entré a los principales blogs de A&M, una semana después ya había comenzando mi propia página, me juré a mi misma ser una inspiración para las demás chicas, y una inspiración para mí, que la próxima vez que me mirara al espejo pudiera estar orgullosa de mi resultado pero sobre todo que no perdería el control, no sólo el control sobre la comida sino sobre mi percepción corporal, me propuse una meta y al llegar a ella sería suficiente, no quería morir por esto, pero no fue así, a los 17 cuando alcancé mi peso deseado no era suficiente. Me seguía odiando, baje uno, dos, tres, cinco kilos más pero seguía viendo grasa y gordura, supe que las cosas no iban bien. Tenía tantas cosas en la cabeza, tantas emociones, sentimientos, proyectos y decisiones importantes en mi vida que sólo se me ocurrió mandar TODO al carajo. Dejé a mi novio (Sí. Seguía con el que mencioné a los 15, aunque en realidad comenzamos a los 14), dejé a mis amigos, dejé el blog, dejé lo que estaba estudiando y dejé a Ana. Sólo quise dar un cambio radical en mi vida, estaba harta de la niña con notas perfectas, pareja perfecta, amistades perfectas, esos que eran los más correctos y ñoños del salón, sumamente respetuosos y que jamás se metían en problemas. Estaba harta de todo. Dejé mis días de ayuno por ingestas de comida desorbitantes y al inicio mi idea no era huir con Mía, pero estaba tan acostumbrada a no comer que cualquier cosa que comía, inmediatamente la devolvía, y no, no era a propósito, pero pronto se fue haciendo un hábito. Me sentía sola y angustiada. La comida era un medio de escape que al inicio no podía digerir pero con el tiempo, al ver que ganaba peso, se fue convirtiendo en miedo y culpa y comencé a provocarle el vómito. Llegué a hacerlo 15 veces por día, hasta que a los 18 años mis padres se enteraron.